La tierra es una madeja, una bola de raíz común de la que brotan los árboles: el baobab, arbre á parole en torno al cual se reúne la asamblea: la acacia para los toubous, el algarrobo para los amazigh; el baniano indio comunicando ramas y raíces en ciclos continuos de vida; el eucalipto balsámico de los anangu; el gingko que sobrevivió al fuego y la radiación en Hiroshima; el olivo posdiluviano, cuya rama, por medio de una paloma, envió Dios a los hombres en señal de reconciliación; la araucaria y el canelo mapuches; la palma de cera colombiana; la ceiba y el manglar de la Amazonía, la gran hoja verde mordida y desesperada por absorber el exceso de dióxido de carbono: su devastación es nuestro suicidio. No en vano, los vascos decimos eguratsa (hálito de la madera) a la atmósfera: vestigio de una tierra que fuera imaginada como suelo, cielo y sima a la vez. Suelo de raíces tramadas y urdidas entre el cuenco telúrico y la bóveda celeste. Raigambre y copa conectadas por el tronco, ser totémico cientos, miles de años más alto, viejo y robusto que las personas. Por eso el árbol es venerado, por darnos suelo y techo y ser testigo imperecedero de las asambleas populares: precisamente, enrolla todo lo aprendido, las crisis, los tránsitos y las soluciones en anillos de memoria. Hoy más que nunca reclamamos aquel roble: mentor del fuero interno y de la soberanía de cada individuo que, en conjunto, conforma una sociedad soberana; y centro y núcleo del fuero que es también foro o plaza común.